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BIOGRAFÍA: BOBBY FISCHER

Robert James Fischer nació en Chicago, Illinois, en el hospital Michael Reese, a la orilla del Lago Michigan, el día 9 de marzo de 1943.

Su padre, Gerhardth Fischer, nacido en Berlín, Alemania, en 1909, era un biofísico. Su madre fue Regina Wender. Sus padres se separaron cuando Bobby sólo tenía dos años y Regina obtuvo la custodia de Bobby y su hermana mayor Joan, que en ese tiempo contaba con 7 años de edad. Su madre era enfermera registrada y calificada y deseaba obtener una Maestría en la Universidad de Nueva York en educación médica, por lo que decidió mudarse a Brooklyn. Es ahí donde la leyenda del jugador de ajedrez más grande del mundo comienza.

En mayo de 1949, Bobby y su hermana Joan aprendieron juntos a jugar el juego con un ajedrez que les fue obsequiado como regalo. Los dos, de 6 y 11 años, aprendieron los movimientos con las instrucciones que venían dentro del juego. A pesar de ser sólo un niño de 6 años, su fascinación por el ajedrez fue en aumento y disfrutaba mucho su progreso al resolver las complejidades del juego. A la edad de 7 años, se mantenía totalmente absorto en el juego, tanto que su madre se empezó a preocupar. “Bobby no está interesado en nadie a menos que sepa jugar al ajedrez, y realmente no hay muchos niños a los que les agrade el juego”, su madre comentó una vez. Regina también intentó colocar un anuncio en el periódico “Brooklyn Tagle”, preguntando si tal vez hubiera otros niños de la edad de Bobby que desearan venir a jugar ajedrez con él. Esa capacidad de esimismamiento fue una de las constantes de su carácter. Cuando sus profesores se dieron cuenta de que era un superdotado, el pequeño Bobby ya había sido catalogado como “niño imposible”. Uno de ellos le sorprendió un día con el tablero de bolsillo en el pupitre: “No puedo forzarte a que me escuches ni a que dejes el ajedrez. Pero al menos, por decencia, no saques el tablero”. Sin quererlo, aquel maestro impulsó la capacidad de su alumno para jugar a ciegas, que tan útil le resultó siempre para abstraerse cuando estaba donde no quería: “No importa dónde este ni lo que haga. Mi subconsciente produce nuevas ideas sin cesar. El ajedrez es vida”. El 17 de Enero de 1951, Bobby jugó una partida contra el Maestro Max Pavel, que dio una exhibición simultánea. Fischer perdió en 15 minutos. Pocas semanas después, Bobby se unió al Club de Ajedrez de Brooklyn, dirigido por el Sr. Carmine Nigro.
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Fischer adolescente

Durante su adolescencia, allá por los años 50, Bobby se entregó por entero al estudio de la literatura ajedrecística, familiarizándose íntimamente con las partidas de los grandes campeones del pasado. Destiló la esencia estilística de aquellos colosos y la integró en su propio juego. De Steinitz le vino su apasionada búsqueda de la verdad en el tablero; de Lasker, la apremiante urgencia del enfrentamiento entre dos voluntades opuestas; de Capablanca, el tratamiento límpido del medio juego; de Alekhine, la implacable energía que desplegaba en toda competición; de Euwe y Bovitnik, el estudioso enfoque y preparación de las aperturas. Estilísticamente, Fischer se asemeja al campeón de los años treinta, Max Euwe, a quien Alekhine elogió por “no cometer errores tácticos en la conducción de un ataque”. Esta perfección se aplica igualmente a Fischer, cuyo número de errores tácticos ha sido mucho menos que el de otros campeones del mundo. Tal fue, en verdad, la clave de su éxito, que sobresalía entre todos los demás aspectos de su juego y les daba un brillo particular.
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Fischer con Jack Collins

Con 14 años ya era campeón absoluto de EEUU, y Gran Maestro a los 15, tenía 16 años cuando quiso resolver los problemas económicos para acudir al Torneo de Candidatos al título mundial en Yugoslavia: “Iré, aunque sea nadando”. Terminó el 5º, superado por cuatro nombres sagrados del ajedrez soviético –Tal, Keres, Petrosián y Smíslov- a los que acusó, enfurecido, de jugar en equipo. El motivo estaba provocado por algo que muchos comentaban en privado pero que no se atrevían a hacer en público: los manejos que hacían los jugadores de la Unión Soviética al amañar las partidas que disputaban entre ellos para perjudicar a los jugadores occidentales.

En enero de 1963, tras volver a ganar el Campeonato Norteamericano, Fischer anuncio que boicoteaba los Torneos FIDE hasta que los rusos dejaran de manipular el ajedrez.

El polémico artículo, publicado en Sports Illustrated, obligó a la Federación Internacional (FIDE) a cambiar el sistema de competición de liga de ocho jugadores a cuatro vueltas por el de eliminatorias.

Fischer, que durante tres años no participó en competiciones y abrazó las creencias de la Iglesia Adventista del Séptimo Día, volvió a participar en el ciclo del Campeonato del Mundo de 1966, aunque abandono el Interzonal de Sousse (Tunez) en 1967 pese a ocupar con mucha ventaja la primera posición ya que los organizadores no atendieron sus reclamaciones en relación a sus preceptos religiosos.
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Robert J. Fischer

En 1971, Mark Taimánov fue aplastado por el mozalbete (6-0, un resultado asombroso) en el Torneo de Candidatos. El comité de Deportes soviético le prohibió salir al extranjero, escribir artículos y dar conciertos como pianista, su segunda profesión, además de quitarle el sueldo bajo la acusación de haberse dejado ganar. Unos mese después, Fischer aplicó la misma paliza al danés Bent Larsen: “En el Kremlin, alguna mente preclara debió pensar sobre lo raro que resultaba que un gran maestro danés y otro soviético se dejasen ganar por 6-0. De modo que aliviaron un poco mis castigos”, manifestó Taimánov 17 años después, durante la glasnost (transparencia informativa) que marcó los últimos años de la URSS. En septiembre, Fischer derrota a Tigran Petrosian (6.5-2.5) en Buenos Aires, en la Final de Candidatos, que produjo un verdadero furor para este deporte en todo el Mundo. Con esta victoria Fischer se convierte en el retador por el título mundial que en aquel momento ostentaba el ruso Borís Spassky.
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El encuentro estuvo a punto de no disputarse por las reivindicaciones económicas de Fischer, que quería que el ajedrez tuviese el mismo reconocimiento económico que otros deportes más populares. Sólo la intervención de un banquero británico y del mismísimo Henry Kissinger, secretario de estado de EE.UU., hicieron que reconsiderase su postura y jugase por el honor de América.

Durante el match se mascó una enorme tensión en el ambiente. Estaban en plena Guerra Fría y se enfrentaban EE.UU. contra la URSS con un tablero de ajedrez de por medio. Los pasillos están repletos de agentes del KGB soviético y de la CIA norteamericana y a todo esto Fischer sin aparecer. El embajador norteamericano vivió una situación de lo más incómoda en la ceremonia de apertura del match, sentado junto a la silla vacía de Bobby, que no acudió, ya que todavía estaba en los EE.UU. en esos momentos. El equipo soviético dio una rueda de prensa quejándose de la situación y presionando de mala manera a la FIDE, a los medios, a su propio entorno, a todo bicho viviente, en definitiva.

Aparece Bobby de repente, alegría general, pero ya en la primera partida empiezan los enormes problemas. Fischer se queja, por el ruido de la sala de juego y las malhadadas cámaras de televisión, y en la reanudación de la misma al día siguiente Bobby descubrió otra cámara y se pasó casi una hora discutiendo para que se retirase, mientras su reloj sequía corriendo. Habría que imaginarse esta situación kafkianna, con Fischer gritando a pleno pulmón durante la partida y Spassky intentando concentrarse para ganar su primer punto del match. De locos.
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Reykjavík 1972

Fischer ya pierde 1-0 en la primera partida, y siguen las discusiones para retirar las cámaras de la sala y aceptar el resto de las condiciones de Bobby, a través de su representante, Fred Cramer (pobre hombre, menuda papeleta).

Se inicia la segunda partida, el jugador norteamericano no se presenta, Spassky espera a su contrincante solo frente al tablero. Schmid, el árbitro alemán, pone el reloj de Bobby en marcha. Luego se ha sabido que a la media hora de iniciarse su reloj, Fischer supo que ya se habían cumplido todas sus peticiones, pero se negó a jugar con media hora menos en su reloj, por lo que el árbitro, al cabo de una hora, tuvo que dar el punto a Boris Spassky por incomparecencia del norteamericano, ya que esas eran las normas del Campeonato.

El careto del gran Boris al salir de la segunda partida era un poema. Vinieron entonces las enormes presiones del aparato soviético para que Spassky, a la sazón Campeón del Mundo, abandonase el match. Ya a los soviéticos les había sentado com una bomba la incomparecencia de Bobby en la ceremonia de apertura, y tras la famosa rueda de prensa Boris había decidido seguir. Pero la afrenta de la segunda partida colmó el vaso de los soviéticos, que arreciaron sus protestas en la FIDE, y los medios, y apretaron aún más las clavijas a Spassky; pero Boris se mantuvo firme, ya que, como dijo posteriormente, no era del partido y tenía un cierto margen para decidir. Y también, como muy bien dijo uno de su equipo, a cualquiera (un 99%) le hubiese parecido natural ganar por incomparecencia del contrario, pero a Spassky no, no le gustaban los regalos, quería ganar puntos venciendo sobre el tablero, no por temas de reglamento. Fischer nunca le había vencido hasta ese momento y él creía que le podía vencer en buena lid, sobre el tablero. Además hay que recordar que ya llevaba una, nada desdeñable, ventaja en el match de 2-0.
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Reykjavík 1972

Ya antes del match habían sido llamados al Ministerio de Deportes y a la KGB los jugadores y el equipo soviético que iba a ir a Islandia, intentando sonsacarles garantías absolutas de que se iba a ganar este evento, intento vano ya que una cosa de este tipo no se puede asegurar al 100%, por muy en juego que esté la imagen de Estado.

Pero llega el momento crítico del comienzo de la tercera partida. Bobby tenía para ese día reservas para tres vuelos a Nueva York, y hubo un “ufff” de alivio cuando se le vio sentarse en la mesa de juego, en una sala incomunicada que la organización había propuesto. Y en ese momento se inicia una breve pero intensa discusión entre Fischer y el árbitro Schmid sobre la presencia de una cámara de circuito cerrado, llegando un momento en que el americano le espeta “Shut Up!” (¡Cállese!).

Boris Spassky aseguró años atrás que el comienzo de la tercera partida fue la clave, el momento crítico donde perdió el cetro mundial. Fue al ceder frente a Bobby en sus exigencias en ese momento, en vez de haberse levantado y decirle “Mire, esto se ha acabado, soy el Campeón del Mundo y por aquí no paso, basta ya”. Dijo que si en ese momento le hubiese plantado cara a Fischer le hubiese puesto en una situación insostenible, pero en vez de eso cedió, y asevera que Bobby percibió perfectamente su inferioridad sicológica, como si le hubiese invitado a entrar. A partir de aquí Bobby Fischer dejó de quejarse y empezó a jugar. Ganó esa tercera partida, la primera en su vida contra Spassky, y posteriormente le destrozó en el match.

Boris Spassky el perdedor de aquel duelo fue marginado por su propia gente y desterrado a Francia. En cuanto a Bobby Fischer en aquel verano de 1972 elevó el ajedrez y su persona a niveles insólitos de popularidad, sólo comparables a los de una estrella de cine o de un grupo de rock. Cuando venció a Boris Spassky por 12.5-8.5 terminó con cuatro décadas de hegemonía de la URSS, en los tiempos de la Guerra Fría en que Estados Unidos y la Unión Soviética mantenían una especial partida por el dominio del mundo.

Fischer solo, absolutamente solo, con un espíritu indomable, pudo con un país en el que el ajedrez era una religión con decenas de millones de practicantes. El triunfo sobre Spassky fue el comienzo del fin para este genio del ajedrez. EE.UU. volvió sus ojos hacia el ajedrez, pero Fischer era una persona de principios, fiel a sus amigos, y que no admitía la mentira, por mínima que fuera. Así, rechazo ofertas millonarias de publicidad “no puedo recomendar un champú en el que no creo”.

Detestaba a los medios de comunicación. Y cuando pasó su tiempo después de perder una demanda del productor Chester Fox por dos millones de dólares por negarse a que se grabasen imágenes del encuentro de Islandia, y no quiso defender su corona frente a la joven estrella rusa Anatoly Karpov, por su enorme miedo a la derrota según sus críticos y porque la FIDE no aceptó sus condiciones, paso a convertirse en un paria.

Los 20 años que transcurrieron desde que Fischer desapareció del panorama internacional, tras la ruidosa victoria sobre Spassky en Islandia, hasta su fugaz reaparición constituyen uno de los episodios más tristes y misteriosos de la historia del ajedrez. Los millones de aficionados que se habían enganchado al ajedrez en 1972 gracias al genial estadounidense no pudieron ver una sola partida nueva de su ídolo hasta 1992, a pesar de que el presidente de Filipinas, el dictador Ferdinand Marcos, ofreció una bolsa de cinco millones de dólares en 1975 para que el duelo por el título entre Fischer y Anatoli Kárpov, designado por el Kremlin para suceder a Spasski y vencedor de Korchnói en la final de candidatos, se celebrase en Baguio.

Pero, aunque sus exigencias económicas marcaron un hito en la forma de vida de los ajedrecistas, Fischer ya había dado muestras de que el dinero no era la máxima prioridad en su escala de valores. Lo realmente importante para él era que la final del campeonato del Mundo se celebrase bajo “condiciones justas”: sin límite de partidas, a diez victorias, los empates no cuentan; el aspirante debía ganar por dos puntos de diferencia para obtener la corona; al campeón le bastaba con empatar 9-9, para retener el título. La FIDE aceptó la primera pero rechazó las otras dos.

En consecuencia, el genio de Pasadena se recluyó en esa ciudad del sur de California y puso su título a disposición de Euwe, presidente de la FIDE. Éste, tras varias negociaciones tan intensas como inútiles, proclamó campeón del mundo a Kárpov el 3 de abril de 1975 ante la frustración general.

El ajedrez pasó a tener dos campeones: el proclamado por la FIDE y el que había conquistado el corazón de millones de aficionados. Pero Fischer parecía huir hasta de sí mismo: desconectó casi todos sus vículos con el mundo, empezando por el teléfono; cambió a menido de residencia, se dejó barba y engordó, acentuó aún más su visceral odio anticomunista y añadió a ello un antisemitismo feroz, a pesar de que él mismo era de familia judía.

Detenido y encarcelado por la policía de Los Angeles en los años 80 al ser confundido con un atracador indigente. Los agentes le esposaron para trasladarle a la comisaría, donde fue brutalmente vejado durante 48 horas. Fischer no quiso presentar una denuncia contra la policía (la cual nunca desmintió los hechos); prefirió escribir un folleto espeluznante, con toda clase de detalles sobre los malos tratos recibidos, que repartió por las calles al precio de un dólar. En aquella época vivía de la caridad de los amigos y de los cinco dólares semanales que le daban para sus gastos los miembros de la Iglesia adventista a la que pertenecía. En su interior, según han comentado las pocas personas que le trataron, anidaba un resentimiento contra EE.UU. y el lobby judío de los tribunales de justicia por no haberle tratado como un verdadero héroe nacional en la demanda de Chester Fox.

Veinte años después de su simbólico triunfo durante la guerra fría, otro conflicto bélico, el de Yugoslavia, fue el detonante para que Fischer aceptase volver a jugar contra Spasski en un duelo de revancha, con una bolsa de 5 millones de dólares, en Montenegro.

Lo que ocurrió a continuación fue surrealista: el 1 de septiembre de 1992 Fischer celebró el vigésimo aniversario de su proclamación como rey del ajedrez escupiendo públicamente sobre un documento de la Casa Blanca que le conminaba a no disputar el duelo que violaba el embargo que pesaba contra Yugoslavia.
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Match de revancha 1992

Además de la enorme alegría que causó a su ejército de admiradores, el estadounidense hizo una aportación muy importante para el ajedrez durante aquel encuentro. Se utilizó un reloj patentado por él mismo, que incrementaba 2 minutos por jugada, con el fin de evitar los apuros de tiempo extremos. A los 49 años, Fischer volvió a derrotar a Spasski, 17.5-12.5 en el match de revancha, se embolsó los tres millones de dólares asignados al ganador y volvió a desaparecer sin jugar una sola partida pública más en el resto de su vida. Tras ser visible durante tres meses, Robert James Fischer volvió a convertirse en un mito viviente.

Estuvo una temporada en Hungría, pero el temor a ser deportado a EE.UU., añadido por sus declaraciones justificando el 11-S y criticando duramente a George Bush, hicieron que fijase su residencia en Japón.

Las autoridades niponas, sin embargo, lo situaron en un limbo jurídico en 2005 al cancelarle repentinamente el visado cuando viajaba a visitar a la pequeña hija que había tenido unos años antes con una joven filipina. A pesar de que Fischer había ido varias veces a Japón sólo aquel día el funcionario de turno descubrió que el estadounidense era aún perseguido por una orden internacional de busca y captura, trece años después de la supuesta violación del embrago contra Yugoslavia. Estuvo varios meses retenido en las oficinas de inmigración del aeropuerto de Tokio, hasta que finalmente el gobierno islandés, en agradecimiento a lo que hizo por llevar el nombre de Islandia por el mundo en 1972, le concedió la nacionalidad.
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Bobby Fischer

En estas frías tierras ha vivió dos años, casi en la indigencia, invisible al gran público, desconfiando de todo y de todos, pero amando como nadie ese misterioso juego que le enseñó su querida hermana Joan, fallecida también prematuramente, en los días en que eran pobres pero felices, con una ardilla y un perro.

Desahuciado por los médicos falleció, rodeado de ajedreces, el viernes 18 de enero de 2008 a los 64 años de edad, el número ajedrecístico por antonomasia (8x8), el número de escaques negros y blancos que conforman el tablero.
12.07.2012 11:53:55
nebot
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