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CRIMEN Y CASTIGO, Fiódor Dostoievski

Fiodor Dostoievski, el autor de Crimen y Castigo, no tuvo una existencia sencilla, muy al contrario llevo una vida marcada por la fatalidad y el infortunio. No me extenderé aquí en los detalles biográficos de este gran escritor pero, si señalaré los acontecimientos que marcaron su vida e influenciaron, indudablemente, su obra literaria.

En vida del autor Rusia estaba gobernada por el Zar Nicolás I un violento autócrata que el 16 de noviembre de 1849 condenó a Dostoievski a la pena de muerte por dar lectura a una carta, que su ex amigo Bieliski había escrito a Gogol, en una reunión clandestina de petrashevistas. El escritor fue conducido al patíbulo donde un pope le otorgó el perdón de Dios para la otra vida y justo antes de ser ejecutada la sentencia su condena fue conmutada por el destierro en una lóbrega e insalubre cárcel de Siberia. Tanto la angustia que sufrió en el patíbulo, al ver pasar la muerte frente a él, como los penosos años que pasó en Siberia conformaron al gran escritor cuya obra ha pasado a la posteridad.

Un ejemplo de esta obra es Crimen y Castigo. Esta es una novela marcadamente psicológica en la que el lector podrá plantearse cuestiones como la moralidad, la inmoralidad, la justicia, el sentimiento de culpa, el arrepentimiento, la depravación… Cuestiones que obligan a la meditación y sobre las cuales no se llega nunca a tener una noción clara y bien delimitada; sino que están instaladas en límites muy abstractos y difusos que no se aprecian fácilmente. Cada persona que se acerque a esta obra podrá, sin duda, extraer conclusiones propias que no tienen porque coincidir plenamente con las demás. Esto se debe sencillamente a que cada individuo tiene su propia moral, adquirida vete tú a saber dónde, y con ella juzga sus propias acciones y las del prójimo; si bien, la inmensa mayoría de las personas utiliza una ética moral para sí mismo y otra para el resto de los mortales.

En Crimen y Castigo, Dostoievski nos presenta a Raskolnikov, un joven estudiante, que sometido a grandes privaciones debido a su abrumadora pobreza, y temiendo ser una carga demasiado grande para su anciana madre y su hermana, decide cometer un asesinato con el que procurase un futuro para él y su familia.

Dos cuestiones se me han planteado al leer esta novela:

En primer lugar el ateísmo de Raskolnikov. Hoy en día ser ateo o laico es algo natural que se admite sin meditarlo mucho, con cierta ligereza, pero en el siglo XIX estas ideas suponían un choque traumático con la moral reinante. Personalmente entiendo que la idea del ateísmo pueda desconcertar a una persona que solo ha conocido la moral cristiana y que, hasta entonces, la considerara incuestionable. Porque si la religión es la ética que rige nuestra conducta, y el concepto del bien y el mal, al arrancarla de cuajo queda un vacío moral, una angustia existencial que tiene un proceso de asimilación psicológico muy complejo. La ausencia de religión nos deja indefensos frente a la idea de la muerte y por tanto al modo en que concebimos nuestra propia existencia.

En segundo lugar el individualismo de Raskolnikov. Todos nos consideramos el centro del universo. Por lo menos tan solo estamos interesados en nuestro propio universo, del cuál somos el centro. Todos nos consideramos especiales y, ciertamente, lo somos para nosotros mismos. La forma de verse uno a sí mismo, que pocas veces coincide con la forma en que nos ven los demás, es siempre egoísta y, tal vez, sea lógico que así sea. ¿No debe acaso el hombre ser egoísta por principio natural?, ¿existe realmente el altruismo desinteresado o es sólo un adorno para personalidades aún más egocéntricas?
22.04.2011 06:14:41
nebot
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